Ensayo sobre el negacionismo

Con motivo de la reciente cumbre del clima en París y de ciertas actividades lectivas en las que me he visto envuelto he estado pensando sobre el fenómeno del Negacionismo del Cambio Climático, cuyos gurús prefieren llamar “escepticismo climático”.

En general, el negacionismo o “escepticismo climático” tiene un escaso prestigio social fuera de los círculos más conservadores pero en realidad tiene muy buenas palancas para actuar sobre la sociedad.B33n8EWIUAAVWh8

Comenzando por el principio. ¿Qué es el negacionismo?

Pues en psicología “negacionismo” tiene varias definiciones:

Según Paul O’Shea “es el rechazo a aceptar una realidad empíricamente verificable. Es en esencia un acto irracional que retiene la validación de una experiencia o evidencia históricas”.

Mientras que para Michael Specter se definiría como “todo un segmento de la sociedad, a menudo luchando con el trauma del cambio, da la espalda a la realidad en favor de una mentira más confortable”.

La definición de O’Shea fue formulada en 2008 en referencia al negacionismo del Holocausto Judío durante la II Guerra Mundial mientras que la de Specter fue formulada en 2009 en referencia al negacionismo del cambio climático.

En general se considera que uno o varios individuos niegan la realidad para evitar una verdad incómoda. Quizá por eso eligió ese título para su documental Al Gore. En él afirma que deseaba transmitir un mensaje y no lo había conseguido.

Así tenemos una corriente que niega o cuestiona que las emisiones de CO2 antropogénicas estén alterando el clima. Frente a la definición de negacionistas Scott Armstrong prefirió definirse como “climaescéticos” definiendo a los climatólogos como “creyentes climáticos”.

¿Quiénes son estos escépticos?

El propio Scott Armstrong es catedrático del Smithsoninan de New York en la especialidad de marketing. Fundó su propia revista en la cual afirma que el Cambio Climático es “un invento de los políticos de izquierda”.

Otro ejemplo es Bjorn Lomborg, profesor asociado de estadística en el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Aarhus (Dinamarca). Se trataba de uno de los negacionistas más activos, ya que ha publicado una importante sucesión de libros tales como El ecologista escéptico (2003, editorial Espasa Calpe) o En frío, la guía del ecologista escéptico para el cambio climático (2008, editorial Espasa Calpe). Sin embargo, en 2010 se retractó de su postura en una entrevista concedida a The Guardian y solicitó a los gobiernos un esfuerzo para afrontar el problema.

Trascendiendo a las personas físicas, podemos hacer referencia a Hearthland Institute, una organización fundada en 1984 por David H. Padden y que ha sido descrita como un Thing Tank neoconservador. Ente sus posturas podemos citar que cuestionan la relación entre el tabaco y el cáncer de pulmón, niegan el calentamiento global y defienden la educación privada. Esta organización recibe importantes fondos grandes corporaciones, entre las que destacan la petrolera ExxonMobil y la tabacalera Philip Morris.

En su página web afirman que no existe consenso sobre el cambio climático en la comunidad científica e incluso añaden un estudio según el cual afirman haber analizado aproximadamente 4000 publicaciones sobre climatología en la que solo un 1% enuncia una impresión clara sobre el calentamiento global antropogénica.

En España el negacionismo está formado principalmente por periodistas y bloggers asociados a las corrientes conservadoras. Es el caso del periodista Jorge Alcalde, autor del libro Las mentiras del cambio climático, un libro ecológicamente incorrecto (2007, editorial libros libres) y habitual invitado a las tertulias de Telemadrid.

En el campo de la política tenemos al actual presidente del gobierno, Mariano Rajoy Brey, cuyo alegato sobre su “primo” levantó tal controversia que tuvo que retractarse y sacar pecho fue el responsable de rubricar el Protocolo de Kyoto por parte de la Unión Europea durante su etapa como vicepresidente.

También es el caso del expresidente José María Aznar, quien lanzó este alegato “no tiene sentido dedicar cientos de miles de millones de euros a causas tan científicamente cuestionables como ser capaces de mantener la temperatura del planeta Tierra dentro de un centenar de años y resolver un problema que quizá, o quizá no, tengan nuestros tataranietos”.

Sin embargo, fue en efecto la administración de Aznar la que firmó el Protocolo de Kyoto en nombre de la Unión Europea. Recuerdo que, hace unos años en un máster, una compañera y amiga mía preguntó en clase al catedrático Emilio Fernández sobre esta contradicción y la respuesta de Emilio fue más o menos que “Aznar decía estas cosas rodeado de sus aduladores, pero al irse a Europa y estar rodeado de científicos ya no se sentía tan machito”.

Cómo último ejemplo, Luis I. Gómez es in bioquímico que tilda de “ecofascistas” a quienes no están de acuerdo con él.
Sin embargo, en la revista El Escéptico el profesor de ciencias de la Tierra de la Universidad de Zaragoza Eustaquio Molina realizó estas dos afirmaciones:

– “Desde mediados del siglo XX muchos artículos científicos sobre el cambio climático han sido publicados en revistas científicas, sufriendo un riguroso proceso de revisión por pares.”

– “Se han publicado muchos libros negacionistas, que no sufren la evaluación y revisión por pares a que son sometidos los artículos en las revistas científicas.”

Sobre la primera afirmación solo puedo recordar que todos los artículos que se publican en las revistas científicas deben pasar una poderosa revisión.

Sobre la segunda afirmación hay un interesante estudio publicado en 2004 por la historiadora de la ciencia de la Universidad de San Diego Naomi Oreskes en la revista Science.

En él, Oreskes estudia una muestra de los abstracts de 928 artículos publicados entre 1993 y 2003 utilizando la palabra clave “Climate Change”. Como resultado, Oreskes determinó que el 75% de estos artículos afirmaban la naturaleza antropogénica del cambio climático, analizaban las posibles soluciones y el posible impacto. El restante 25% no se decantaba sobre el elemento antropogénico pero ningún artículo negaba el consenso científico sobre el cambio climático.

Más contundente (aunque ha pasado por menos revisiones) es el artículo publicado por James Lawrence Powell en la revista Skeptical Inquirer en 2012 donde afirma haber estudiado la friolera de 13.950 artículos científicos publicados entre 1991 y 2012 en relación con el cambio climático encontrando solo 24 que lo negaban.

¿En qué medios podemos encontrar importantes cantidades de artículos que niegan el cambio climático? Pues en España se concentran en medios como Telemadrid, la COPE, Intereconomía o Libertad Digital. Fuera de España podemos citar el Daily Tech y Fox News en EEUU, el Dailymail en el Reino Unido o De Standard en Bélgica. Una de las organizaciones más vehementes en los últimos años es el Tea Party en EEUU.

Así, podemos considerar que las afirmaciones de Molina sobre el negacionismo son acertadas: el negacionismo no es un fenómeno científico sino un fenómeno social y político asociado a determinadas corrientes ideológicas. Existe un consenso científico sobre la situación de calentamiento global de naturaleza antropogénica y una corriente que busca es crear la imagen social contraria. ¿Por qué?

Hay un motivo bastante obvio para ello: las grandes empresas petroleras buscan proteger sus beneficios, que ven amenazados ante la idea de una regulación de la emisión del CO2. La industria petrolera maneja miles de millones de dólares a escala global y el control de las reservas petroleras lleva décadas causando guerras y terrorismo.

Pero hay un motivo más profundo, que es señalado por la periodista canadiense Naomi Klein en un artículo publicado en The Guardian en septiembre en 2014, donde señalaba “no hemos hecho lo necesario para limitar las emisiones porqué ello entraría en un conflicto fundamental con el capitalismo desregulado, que es la ideología dominante durante todo el período en el que hemos debido enfrentar en este período”.

Una brillante afirmación por parte de la autora de No Logo, pero no es la única en afirmarlo.

En otras palabras: el negacionismo del cambio climático es una defensa del capitalismo desregulado (y de amiguetes) frente a las regulaciones estatales necesarias para una gestión de emisiones eficiente, no solo ante la amenaza de la reducción de los beneficios de la industria petrolera sino ante la idea de una regulación pública real y el empoderamiento de los estados que derivaría de ello.

Para ello siguen tres grandes líneas de interpretación:

– Negar la existencia del cambio climático. Actualmente minoritario fuera de los grupos más conservadores.

– Afirmar que los científicos exageran.

– Afirmar que ya es demasiado tarde para arreglar nada.

Como hemos visto, propagan estos mensajes a través de medios de comunicación, normalmente medios asociados a las corrientes más conservadoras, pero no consiguen entrar dentro de los medios realmente científicos.1006078_413046985471785_223459295_n

Y esto tiene un sentido estratégico que describe muy bien el periodista José Hermida en su libro Hablar sin Palabras, donde nos habla de los “sesgos cognitivos” que definía como “consisten en la manipulación de los mensajes mediante la transmisión información selectiva (se facilita únicamente aquella que conviene) y la reinterpretación de la realidad”. Afirma que suelen ser diseñados por profesionales de la publicidad y el marketing por encargo de lobbies religiosos y económicos. También afirma que hay dos clases principales de sesgos cognitivos:

– Globales: para generar un estado de opinión social de amplio espectro. Su blanco es la sociedad en su conjunto.

– Individuales: el “pensamiento políticamente correcto” o “pensamiento único”. Busca que el individuo haga algo en concreto.

La manipulación de las personas a través de sesgos cognitivos la más flagrante forma de esclavitud moderna. “Esclavitud de mente y no de cuerpo”, afirma Hermida.

Con todo esto podemos concluir que el negacionismo del cambio climático es una manipulación social por medio de un sesgo cognitivo global que busca negar el consenso sobre el impacto antropogénico en el clima global y es causado por el capitalismo desregulado para evitar las regulaciones estatales que serían necesarias para prevenir o paliar las consecuencias del calentamiento.

Y es una manipulación que ha tenido éxito. Especialmente entre los políticos pero también entre la gente normal generando no rechazo, sino duda.

Y eso se debe al gran éxito de la moderna sociedad de consumo que requiere una gran cantidad de energía frente a la readaptación que implicaría combatir el cambio climático de verdad. ¿Quién querría desprenderse de su móvil, de su coche o de su ordenador? ¿O de arriesgar su empleo en estos tiempos de crisis económica? Los puestos de trabajo generados por empresas contaminantes siempre han sido una tremenda baza contra las regulaciones medio ambientales, han sido utilizados como auténticos rehenes.1375229_692485300793067_2658045110861243686_n

Es cierto que las energías renovables tienen una magnitud importante y se ha demostrado que son capaces de aportar una alternativa, pero chocan con el lobby del petróleo.

Hace un tiempo encontré un ensayo en Linkedin cuyo autor apuntaba a la responsabilidad del consumidor, afirmando que si queríamos productos de mayor calidad y fabricados con garantías sociales y medio ambientales los consumidores deberíamos asumir el pago de una factura mayor.

Al final de Una Verdad Incómoda, Al Gore lanzaba la pregunta de si estamos preparados para cambiar nuestro modelo de vida. En el caso del cambio climático, es indispensable asumir la factura del cambio de modelo energético, que bien ejecutada sería poco traumática, vistos precedentes como Alemania o Dinamarca, pero seguría siendo importante.

A la postre, ese es el gran problema del cambio climático.

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Archivado bajo Ciencias Sociales, Ecología

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