Continentes que nunca existieron

Entre todas las leyendas referidas popularmente, la de los continentes perdidos es una de las más duraderas, conocidas y discutidas. Historias como la de Mu y Lemuria son actualmente muy conocidas dentro de la ficción y fantasía aunque han sido dejadas atrás por la ciencia y la filosofía donde fueron ideadas.

Esta entrada busca arrojar algo de luz sobre la historia de estos poderosos mitos.

La primera referencia a un continente perdido lo tenemos en la leyenda griega de la Atlántida. La Isla de Atlas es una de las leyendas griegas más conocidas en la actualidad pero no es mencionada por Homero ni Hesíodo, las únicas referencias clásicas parten de dos diálogos de Platón (El Timeo y El Critias) donde se pretende que Sócrates recibe escucha de sus contertulios la gesta en la que los atenienses liberaron al mundo conocido de la amenaza de una isla llamada Atlántida.

Según los diálogos, aquella historia había sido aprendida por el legislador ateniense Solón en Egipto. Esta idea ha sido aceptada como cierta, hasta el punto de Indro Montanelli afirmaba que Solón repetía la historia a todo el mundo como una manía, pero no hay otras referencias a ella.

En el Timeo se hace referencia al tipo de sociedad de los atlantes y en el Critias a cerca de su geografía.

El mito platónico era más o menos el siguiente:

Cuando los dioses se repartieron el mundo, a Atenea le correspondió Atenas y a Poseidón (tras perder el control de la ciudad) una gran isla más allá de las Columnas de Hércules cuyo primer habitante se llamaba Evenor y surgió del suelo.

Evenor tuvo una hija llamada Clito de la cual se enamoró Poseidón y para protegerla creó tres anillos de agua concéntricos alrededor de la gran montaña en el centro de la isla. De esta unión nacieron diez hijos, el mayor de los cuales fue llamado Atlas y obtuvo el trono de la montaña mientras que sus hermanos fundaban reinos a lo largo de toda la isla.

La Atlántida de Platón

Atlas se convirtió en rey de toda la isla con sus hermanos como vasallos, por lo que la isla fue llamada Atlántida en su honor. Atlas gobernó la isla tan tanta capacidad que se convirtió uno de los reyes más ricos de la Tierra.

El hermano gemelo de Atlas de llamaba Gadiro y regía la zona oriental que llegaba a las columnas de Hércules, dando nombre a la región de Gadirica de la que tomó sus sucesivos nombres la ciudad de Gádir / Gades / Cádiz.

Bajo el mando de los reyes descendientes de Poseidón, los atlantes explotaron los recursos de la isla (toda clase de metales, gran número de animales salvajes y domésticos, pasto abundante, toda clase de perfumes…), construyeron grandes monumentos como murallas y un canal que conectaba los anillos de agua con el mar y comerciaron con diferentes lugares, como Egipto o Grecia.

Se suponía que la sociedad atlante era culta, refinada y pacífica, regida por reyes sabios y excelentes.

Hasta que con el paso del tiempo los atlantes comenzaron a separarse del linaje de Poseidón, se fueron degradando y comenzaron a ambicionar la conquista. Tuvieron mucho éxito, llegando a someter 9.000 años atrás buena parte de Libia (como los griegos llamaban a África) y Europa hasta Tirrenia (territorio de los etruscos, la moderna Toscana). Hasta que se encontraron con los atenienses y sus aliados que los repelieron y forzaron a abandonar sus conquistas.

Según Platón, en aquellos tiempos la sociedad ateniense era un ejemplo de excelencia y se ganó el respeto y admiración de sus contemporáneos.

Platón afirma que se planteó un castigo para los atlantes pero no especifica cual, en el Timeo se comenta que la isla desapareció en el mar en “un día y noche terribles”.

Esta última alegoría dio lugar a la idea del continente unido, catástrofe que se consideró un castigo divino por el envilecimiento de la antaño grandiosa civilización atlante y se ha atribuído al titán Océano.

Platón define a la isla como montañosa salvo una gran planicie, rica en metales, más grande que Libia y Europa y situada más allá de la columnas de Hércules, mar que desde entonces se conoce como Océano Atlántico.

El escepticismo llegó a renglón seguido de las enseñanza de Platón. Su propio discípulo Aristóteles consideraba que la historia no era más que una fábula ideada por su maestro para exponer las directrices de un modelo de gobierno y sociedad idealizados.

Sin embargo, tanto Estrabón como Plinio el Viejo dieron veracidad al discurso de Platón y consideraron que el océano Atlántico había albergado grandes masas emergidas. Fue entonces cuando se comenzó a confundir archipiélagos como Azores y Canarias con la Atlántida.

En la Edad Media la leyenda de la Atlántida quedó relegada pero el descubrimiento de América volvió a llamar la atención sobre el mito.

En 1530 Girolamo Fracastoro sugirió que las exóticas culturas encontradas en el nuevo mundo podía ser remanentes atlantes, tesis a la que se sumaría Francisco López de Gómara, secretario de Hernán Cortés, que desarrolló la hipótesis en su Historia general de las Indias en 1553.

No está claro el momento pero se produjo un cambio en la manera de entender la Atlántida. Dejó de ser una sociedad utópica perdida para ser el inicio de todas las civilizaciones y no solo los americanos sino todos los seres humanos descendían de los atlantes. La idea se basaba en las semejanzas entre las culturas a ambos lados del Atlántico.

En el primer sentido tendríamos el libro Nova Atlantis de Francis Bacon donde la “República de Bensalem” representa la ciudad ideal de las ciencias físicas donde un senado científico asegura la armonía mientras que en el segundo tenemos y en el segundo tenemos La Atlántida del sueco Rudbeck que afirmaba que Suecia era el hogar de los auténticos descendientes de los atlantes. Así la Atlántida se convertía en un laboratorio de conceptos sobre el poder y la soberanía donde se trazaban genealogías.

Esta postura tuvo uno de sus referentes en Charles – Étienne Brasseur de Bourdourg (1814 – 1874), quien realizó numerosos viajes a América en pos de documentos pero realizó su gran descubrimiento en Madrid en 1864: una copia de la descripción de la cultura maya realizada por el arzobispo de Yucatán Diego de Landa.

En su búsqueda de cristianizar a los mayas, de Landa buscó comprender a los mayas aunque al final acabó volviéndose en su contra. Entre sus estudios se encuentra una investigación sobre la escritura jeroglífica maya que Brasseur utilizó para traducir el Códice Troano, uno de los tres libros mayas que escaparon de la quema de los misioneros como el propio de Landa. Las ideas de de Landa estaban lejos de ser exactas ya que asumia que el alfabeto maya representaba solo sonidos, cuando representaba palabras o combinaciones de sílabas.

De esta forma Brasseur afirmó haber descubierto en el Códice Troano referencias a un gran cataclismo en el año 9937 a.C. durante el cual una gran isla se hundió en el Atlántico. Esta isla se llamaba Mu.

A partir de ahí la ecuación Mu-Atlántida comenzó a ser objeto de investigación para arqueólogos como August Le Plongeon. Incluso la “relectura” de las estelas mayas permitió descubrir la historia de una princesa llamada Moo que había regido el Yucatán junto a su hermano Coh hasta que este fue asesinado por un tercer hermano. Según la hipótesis de Brasseur y Le Plongeon, Moo huyó a Egipto donde erigió la Esfinge en honor a Coh y los egipcios la adoraron convirtiéndola en la diosa Isis.

Sin embargo, en 1870, el coronel James Churchward afirmó haber visto en la India unas tablillas secretas sobre Mu donde afirmaban que se encontraba en el Pacífico desde el norte de Hawai al sur de la isla de Pascua y había sido destruída por un cataclismo 12.000 años atrás.

Nunca se han visto las tablillas de Churchward y numerosos investigadores han estudiado los códices mayas en base a estudios más profundos que las interpretaciones de de Landa, sin encontrar rastro de islas hundidas ni princesas. La ecuación Mu-Atlántida no se sostuvo en la arqueología.

En 1882 el ocultista, escritor y político estadounidense Ignatius Donnelly publicaría Atlántida: El mundo antediluviano, uno de los paradigmas de la “leyenda” moderna de la Atlántida que ubicaba bajo el Mar de los Sargazos y cuyo hundimiento se atrevía a fechar en 12.000 en el pasado.. Afirmaba que el relato de Platón debía de tomarse al pie de la letra: había existido una isla en el océano Atlántico donde los seres humanos habían alcanzado por primera vez el estado de civilización, que suponía el jardín del Edén, del jardín de las Hespérides, los campos elíseos, el Olimpo… Todas las civilizaciones de la Tierra descendían de ellos y los dioses de todas la culturas eran reyes y reinas atlantes idealizados.

También afirmaba que eso permitía explicar la similitud de las faunas y floras de los diferentes continentes y las culturas descendían de gentes que habían escapado a ambos lados del cataclismo.

Las afirmaciones de Donnelly se basaban en que las similitudes entre las distintas civilizaciones a ambos lados del Atlántico solo podían explicarse si compartían un origen común, que a su vez explicaría la similitud entre las formas de vida del viejo y nuevo mundo. Otro factor que Donnelly tuvo en cuenta radicó en la forma en que las anguilas se dirigen a mar abierto a desovar, arguyó que se dirigían al continente.

Con todo este argumentario, muy del gusto de la época, el texto de Donnelly volvió a poner la Atlántida un candelero del que ya nunca ha desaparecido.

En esos tiempos otro continente sugerido surgió de forma completamente diferente: en 1864 el naturalista británico Philip Sclater publicó un artículo en el prestigioso diario Quarterly Journal of Science en el que sugería la existencia de una isla o continente en el Océano Índico para explicar la presencia de animales tales como los lemures en la India y Madagascar cuando no se encontraban en África y Asia. En referencia a los lemures llamó Lemuria al supuestos continente.

Debemos tener en cuenta que en el siglo XIX la distribución de los animales en el globo era uno de los problemas que unas ciencias cada vez más seculares debían explicar y la idea de puentes entre los continentes era una de las explicaciones más aceptadas en detrimento a la idea del movimiento de los continentes.

Debemos tener en cuenta que Alfred Wegener no publicaría La Deriva Continental hasta comienzos del siglo XX y que esta no alcanzaría aceptación general hasta la publicación de la Tectónica de Placas. Tampoco se conocía mucho sobre la geomorfología submarina que no comenzaría a desarrollarse hasta después de la II Guerra Mundial. De modo que la existencia de islas o puentes entre los continentes era una explicación bastante plausible que atrajo a figuras como Ernst Haeckel y Thomas Huxley.

Con semejantes padrinos no es de extrañar que Lemuria saliera de las tinieblas y se instalara en el imaginario colectivo. Sin embargo, la misma ciencia que la había creado no tardó en descartarla y dejarla de lado.

Pese a ello Lemuria no abandonó el imaginario colectivo y en 1888 la ocultista Helena Blavtsky publicó el libro La Doctrina Secreta texto libro presuntamente basado en antiguos manuscritos tibetanos y que hablaba de un antiguo continente llamado Lemuria que existió antes que la Atlántida cuyos habitantes eran descritos como simiescos y hermafroditas.

Los “Continentes” perdidos en el mundo

Ocho años después sería W. Scott-Elliot quien profundizaría en la idea a través de La historia de la Atlántida y la perdida Lemuria donde afirmaba que los habitantes de Lemuria medía 4,5 metros, tenían un ojo en la nuca, carecían de frente y eran hermafroditas. No eran exactamente humanos por lo que prefirieron procrear con monos, relación de la que surgieron los atlantes de los que descendemos nosotros.

Así, la Atlántida pasó a ser una colonia de Lemuria con la que con el tiempo habría pasado a tener peores relaciones y ambos bandos se habrían disputado abiertamente el liderazgo del mundo primitivo hasta que sus respectivos cataclismos las borraron del mapa.

La visión de la Atlántida, Mu y Lemuria fue pasando de esta forma del ámbito ideológico y filosófico al ocultismo y de ahí a la literatura fantástica con referentes como H.P. Lovecraft que en El que acecha en la oscuridad fusionó a los dos últimos haciendo de Mu un diminutivo de Lemuria.

En gran medida la popularidad de los continentes perdidos se puede atribuir a su presencia justamente en medios de difusión generales. Ya en 1869 Jules Verne hacía que los tripulantes del Nautilus visitaran las ruinas de la Atlántida y desde entonces no existe medio de cultura de entretenimiento (literatura, cine, TV, cómic, videojuegos…) en los que estos continentes (especialmente la Atlántida) no sean un tema recurrente.

¿Qué dice la ciencia al respecto?

En general, la ciencia ha acabado por rechazar el relato de los ocultistas que marca el paradigma del actual mito atlante.

El desarrollo de la geomorfología submarina demostró que no existe ninguna masa continental en el interior del Océano Atlántico y de la teoría de la tectónica de placas ha dejado patente que la corteza continental no se hunde junto a la oceánica de modo que en el interior de Atlántico no existen restos de ningún continente y los archipiélagos como Canarias y Azores solo son picos de la dorsal mesoatlántica que han superado la superficie.

La situación en los océanos Pacífico e Índico es muy similar, sin rastros de masas continentales en su interior.

A su vez, la propia tectónica de placas ha hecho de Lemuria una hipótesis completamente innecesaria y que no sostiene desde el punto de vista geológico ya que la presencia de lemures en Madagascar y la India se puede explicar porque ambas islas estuvieron unidas en el pasado mientras que en el interior del Índico tampoco hay rastro de corteza continental.

Paradojas de la vida, una de las posibles ubicaciones de Lemuria sugeridas por Sclater en 1850 coincidía con la ubicación de Zealandia, donde si hay una gran masa de corteza continental sumergida, pero de la que emergen Nueva Zelanda y Nueva Caledonia, ambas carentes de lemures.

En lo que respecta a las similitudes culturales, muchos arquitectos señalan que las pirámides son un tipo de construcción sencilla y el primer paso lógico para la edificación en vertical. También es de señalar que las pirámides egipcias son típicamente puntiagudas a excepción de las más antiguas (Zóser) mientras que las de los mayas y aztecas son escalonadas. Además, las culturas mesoamericanas erigieron sus pirámides cerca de 2.000 después de la construcción de las del Nilo.

En lo que respecta a las anguilas, actualmente se asume se han adaptado a la ubicación de su territorio de puesta, que originalmente estaba en un mar poco profundo que sería el embrión del océano Atlántico.

Descartados los postulados de Donnelly o Blavtsky ¿Qué queda de los relatos platónicos originales? Pues hay cierto debate: según Ángela Hobbs de la Universidad de Warwik toda la información procede de Timeo y el Critias mientras que en 2013 Georgeos Díaz-Montalvo de la Scientific Atlantology International Society (SAIS) afirmó que existen numerosos papiros egipcios que relatan una historia similar a la de Atlántida aunque reconoció que no mencionaban el nombre, situación que achacó a que desconocemos el nombre egipcio de los atlantes. Este punto de vista no ha cuajado.

Con todo, se han formulado teorías para explicar científicamente la posible base real de la leyenda egipcia sugerida por Platón.

Una de estas teorías radica en el emplazamiento que le atribuye Platón “Más allá de las columnas Hércules”. Esto ha llevado a sugerir que la Atlántida pudo ser la cultura desarrollada que se ha localizado en aquella zona: la que los griegos llamaban Tartessos y que se ha identificado con la bíblica Tarchich de cuya riqueza en metales tanto se habla en los diferentes textos.

Ya en 1922 los arqueólogos George Bonsor y Adolf Shulten sugirieron que la Atlántida podría estar bajo las marismas de Doñana pero no fue hasta 2004 cuando el físico alemán Rainer Kuhene observó una fotografía por satélite donde las marismas mostraban formaciones circulares subterráneas. En 2011 el arqueólogo Richard Freund dirigió una investigación multidisciplinar en la zona y llegó a afirmar haber descubierto restos de la tragedia que arrasó la Atlántida bajo las marismas de Doñana ante las cámaras de Nathional Geographic pero su trabajo ha sido objeto de duras críticas y no ha tenido mayor recorrido.

La teoría más interesante probablemente sea la de la Atlántida Minoica que identifica a los cretenses o minoicos predecesores de los griegos como inspiración para los atlantes como ejemplo de sociedad poderosa y sofisticada para su tiempo que comerció con Egipto durante un período de tiempo muy largo. También se señala que el palacio de Knosos en Creta recuerda en cierta forma al templo de Poseidón descrito en el Critias.

Además, desconocemos el nombre que se daban a sí mismos ya q

La brutal explosión de Thera afectó a todo el mundo

ue el término “cretenses” es claramente un gentilicio de la isla y “minoicos” fue acuñado por Arthur Evans en 1900 en referencia al mítico rey de la isla.

Pero si algo nos llama la atención es el cataclismo de la destrucción de la isla de Santorini (Thera) por un volcán cuyos efectos se notaron a nivel global y fueron debastadores para los minoicos. Aunque sobrevivieron y reconstruyeron sus hogares ahora el poder lo tenían los micénicos del Peloponeso.

Así que la tesis de la destrucción de Thera como inspiración para la destrucción de la Atlántida es muy sugerente y muy difícil de discutir que también ha entrado en la cultura popular.

Pese a todo, pese a que efectivamente es posible que existiera un relato egipcio sobre la destrucción de una civilización, el relato de Platón sigue siendo la única fuente de la que procede toda la mitología de la Atlántida y de los restantes continentes perdidos cuya existencia física actualmente está descartada.

Actualmente la tesis de que se trata de una fábula moralizante ideada por Platón para expresar sus ideas políticas y el precio de la corrupción es la más sólida. En torno a las referencias en sus dos diálogos se formó una bola de nieve que se fue agrandando primero con el descubrimiento de América y luego con las publicaciones de autores ocultistas para luego asaltar la cultura popular. Se trataría del típico caso de un mito de origen culto que se ha ido popularizando con el paso del tiempo.

 

Bibliografía

  • Varios Autores. Diccionario de mitología Griega. 1996. Larousse Planeta S.A.
  • Villanueva Hering, Peter. Errores, falacias y mentiras. 1999. Círculo de Lectores.
  • Varios Autores. “Lemuria”. Muy Interesante Extra: Mitos y Leyendas. 2016. Nº 30. Pags 86 – 89.
  • Rámila, Janire. “El Sueño de la Atlántida”. Muy Historia: Civilizaciones desaparecidas. Nº 57. Pags 72 – 78.
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Archivado bajo Ciencias Sociales, Geografía y Cartografía, Mitología

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