Sobre las perlas

Sobre las perlas se ha escrito bastante, son una de las principales gemas de origen natural y quizá las más antiguas que se han utilizado. Su historia es realmente digna de ser contada.

Cómo se hacen las perlas

Nada es más icónico en el mundo de las perlas que la ostra perlera, pero la verdad es que todo molusco con concha puede generar perlas.

Debemos comprender que las perlas están compuestas por el mismo material que la concha del molusco: carbonato cálcico en forma de aragonito. La concha del molusco está formada por tres capas: perióstraco, capa prismática y capa nacarada, estas capas son secretadas por el manto de forma lineal dando lugar al crecimiento de la concha.

La idea popular de que las perlas se forman para encapsular granos de arena es en realidad falsa, la verdad es mucho más contundente: se deben a la entrada de un parásito en el manto del molusco, la entrada de un animal que se vea atrapado o a la presencia de un trozo de tejido del propio animal extirpado tras el ataque fallido de un depredador. Esta materia orgánica resulta irritante para el anfitrión, que la atrapa en una cápsula que llamamos perla.

Este proceso suele comenzar cuando el intruso causa una herida en el manto y comienza a encajarse con él, entonces el molusco tiende a secretar nácar hasta cubrir por completo al intruso dando lugar al llamado saco perlífero. A partir de ahí el manto secreta sucesivas capas concéntricas de nácar y una sustancia llamada conquiolina que acabará dando lugar a la estructura de una perla. El intruso acaba convertido en el núcleo de la perla, el molusco recupera su salud.

Por consiguiente, la perla está formada de capas concéntricas de nácar amalgamadas por una sustancia proteica llamada conquiolina y entre un 2 – 3% de agua.

Las perlas cultivadas se desarrollan de la misma forma pero es la mano del hombre la que introduce un trozo de tejido dentro del manto de un molusco criado en cautividad. Lleva en torno a 5 años saber si una ostra tiene una perla de calidad.

Los moluscos han generado perlas a lo largo de toda su historia evolutiva, se conocen perlas fósiles de más de treinta especies incluyendo ammonites. Las perlas fósiles más antiguas corresponden al molusco Megalodon y datan del período triásico hace 200 millones de años. También se han encontrado perlas fósiles de ammonites.

Actualmente se conocen moluscos formadores de perlas entre los gasterópodos como la oreja de mar (Haliotis sp), cefalópodos como el Nautilus y bivalvos. Los mejillones, almejas o navajas presentan perlas. El mejillón de agua dulce produce también las llamadas perlas de río, conocidas pero poco cotizadas.

Las perlas más cotizadas son las de las ostras, siendo las perlas del género Pindacta las más cotizadas que las de géneros Ostrea o Crasostrea.

Sobre la forma de las perlas y su valor

La imagen que nos hacemos normalmente de las perlas como esferas es, en realidad, minoritaria. La mayor parte de las perlas es relativamente deforme y tienden a ser alargadas u ovaladas. Después de todo la palabra perla deriva del latín pirula que significa “con forma de pera”.

Las perlas de forma alargada y las un tanto deformes se conocer como bizarras.

La mayoría de las perlas tiene esta forma alargada y algo deforme, debemos recordar que se forman en torno a un tejido extraño o parásito.

La forma es una de las características más importantes de las perlas, existe una escala de esfericidad que ayuda a determinar el valor. Cuanto más esférica más valiosa. Pero esto no es algo obligatorio, hay perlas ovaladas muy valiosas y, por ejemplo, las mejores perlas de Nautilus tienen forma ovoide.

Las formas básicas de las ostras son las siguientes:

  • Redondas y semirredondas: esferas casi perfectas.
  • Semibarrocas: al menos un eje de desarrollo.
  • Barrocas: perlas de forma irregular.
  • Circunvaladas: presentan círculos concéntricos en el tercio superior.

Otra característica que ayuda a dar su valor a las perlas es su superficie suave, debida a su las numerosas cresta microscópicas de la superficie del nácar. Una superficie suave y sedosa  con pocas imperfecciones (textura) incrementa el valor.

Otro detalle es el color. Debe ser uniforme, y su tonalidad abarcar al máximo el diámetro de la perla. Hay diferentes colores, se suele escoger en función del color de la piel de la persona que la va a llevar.

Otro factor que afecta al valor de las perlas es su tamaño. Lógicamente, una perla grande tendrá un mayor valor. Pero no es tan sencillo. Las perlas más grandes son las perlas de las almejas gigantes (Tridacna gigas), que llegan a pesar varios kilos, pero estas perlas tienden a ser bastante bizarras y poco prácticas, de modo que no son las más utilizadas.

También está el brillo. Cuando la aleación de aragonito es pura, la luz penetra a través de las capas dando lugar a un efecto iridiscente. El llamado oriente es el fenómeno de interferencia de la luz a través de las capas de aragonito.

Y el lustre es la calidad de iridiscencia y el grado en que reflecta la luz. Las perlas con un grado de lustre resplandecen.

La perla más famosa del mundo es la Peregrina, una perla en forma de lágrima de 10 gramos de peso que perteneció a varios miembros de la realeza europea (especialmente a los reyes de España) y que actualmente pertenece a Esizabeth Taylor.

 

Maqueta de la perla de Ala expuesta en el Aquarium de A Coruña

La perla más grande conocida es la llamada Perla de Alá o de Lao-tse. Fue encontrada dentro de una almeja gigante y pesa la friolera de 6 kilogramos, la leyenda dice que el buceador que la encontró murió ahogado antes de sacarla. Se trata de una perla muy bizarra cuyo aspecto recuerda a un cerebro o el rostro de un chimpancé, pese a ello pertenece a un grupo de empresarios que la mantiene a buen recaudo.

Una visión a la historia de las perlas

Las perlas se conocen desde tiempos prehistóricos, es imposible saber cuándo ni cómo fue descubierta la primera. Sin embargo es muy probable que descubrimiento se pueda achacar a los recolectores costeros de la edad de piedra, que recogían moluscos a la orilla del mar para comerlos.

Dijo en una ocasión Jonathan Swift, autor de Los Viajes de Gulliver, que “el primero que se comió una ostra fue muy valiente”. Parece que se refería a que las ostras en mal estado pueden causar muchas enfermedades, por no hablar de que la carne de la mayor parte de los moluscos bivalvos puede estar contaminada por los patógenos o toxinas del agua que filtran. Si a ello añadimos que suelen ser consumidos poco hechos o directamente crudos (muchas personas consideran que la mejor forma de comer una ostra es cruda con un chorrito e limón) es fácil comprender porque los controles de sanidad de los moluscos comestibles son muy severos.

Con todo, en la antigüedad la costumbre de comer moluscos se extendió rápidamente y paralelamente a ella el aprecio por las perlas que producían.

En el mundo clásico, la leyenda cuenta que Cleopatra tenía dos valiosas perlas gemelas y que hizo disolver una en vinagre que luego se bebió para demostrar su riqueza. Más práctico, un cónsul romano pagó una campaña militar vendiendo una sola perla.

En aquella época, la gran mayoría de las perlas conocidas en occidente procedían del Océano Índico, en el Golfo Pérsico o las costas de Sri Lanka donde eran recogidas por buceadores a pulmón que solían llevar atadas piedras de varios kilos a modo de lastre.

En Japón la figura de las buceadoras ama está asociada a la consecución de perlas, pero en realidad el objetivo de esas mujeres eran los moluscos como la oreja de mar (Haliotis) como alimento. Solo casualmente se dirigían a las perlas.

Buceadoras ama

El comercio de perlas del triángulo índico continuó siendo lucrativo durante toda la antigüedad y la edad media pero ya en tiempos antiguos se intentó cultivarlas. En el mundo clásico se atribuye al ingeniero romano Sergius Orata la construcción de un sistema de canales con los que controlaba las mareas en una zona al sur de Roma donde estableció bancos de ostras. Pese a que la idea prosperó, su desarrollo en profundidad se ha perdido.

Con el descubrimiento de América, los españoles descubrieron que el Caribe y las costas de Venezuela albergaban importantes bancos de ostras perlíferas que explotaron hasta casi su extinción.

Algo similar tuvo lugar en Norteamérica: los ingleses descubrieron que la bahía de Chesapeak albergaban importantes bancos de ostras, especialmente Cassostrea virginica, que se convirtieron en una importante fuente de alimento para los colonos de la incipiente gran manzana y de perlas para el comercio. La sobreexplotación de los bancos y la importación de enfermedades diezmaron estos bancos de ostras, ante lo que los colonos introdujeron ostras europeas que desplazaron a las nativas.

La ineficiencia de la explotación de los bancos del nuevo mundo permitió mantener la influencia de los pescadores índicos, pero ya en el siglo XVIII el naturalista sueco Linneo intentó con cierto éxito cultivar perlas utilizando mejillones de río.

El final del siglo XIX trajo dos importantes cambios a la situación global del comercio de perlas.

Por un lado, el incremento de la explotación de los bancos perlíferos de aguas someras llevó al diezmamiento de los mismos, de modo que los buceadores a pulmón fueron reemplazados por buzos con escafandras primitivas que debían operar a mayor profundidad, lo cual hizo el trabajo todavía más peligroso.

Por el otro lado estuvieron los experimentos del científico británico William Saville-Kent (1845-1908), que tras una carrera profesional descrita como “aburrida” se trasladó a Australia Occidental como inspector pesquero y dedicó su tiempo libre a investigar métodos para estimular la producción de perlas en ostras consiguiendo desarrollar el método actual.

Desgraciadamente, Saville-Kent no sacó provecho de su trabajo y fue un empresario japonés llamado Kokichi Mikimoto (1857-1954) el que patentaría su trabajo y fundaría una importante empresa de cultivo de perlas en zonas lacustres del Japón.

También se debe a Mikimoto la asociación de las buceadoras ama con la industria perlífera y el glamour debido a que contrató a varias de ellas y las hizo nadar en los lagos haciendo que recogían perlas en ropa semitrasparente.

La industria de la perlicultura prosperó a partir de entonces (después de todo las perlas cultivadas son auténticas y mucho menos peligrosas de conseguir que las salvajes) y actualmente la gran mayoría de las ostras que hay en el mercado son cultivadas, siendo China el principal productor.

Esto ha reducido el valor de las perlas y la cantidad de recolectores se ha reducido.

Significado de las perlas

Actualmente asociamos a las perlas con la joyería y el lujo, pero históricamente las perlas han tenido muchas más interpretaciones.

En tiempos clásicos, los griegos pensaban que eran gotas de rocío que habían cristalizado dentro de las ostras y otros bivalvos mientras que los romanos los asociaban al nacimiento de la diosa Venus y su nacimiento de la espuma del mar. Al otro lado del mundo, los chinos asociaban las perlas a la figura del dragón, representando a ambos juntos en una imagen donde el dragón representa el caos y la perla el orden.

En la iconografía religiosa del budismo japonés las perlas eran el emblema de muchos bodhisattva (sabios que buscan la imaginación) protectores de la vida.

Para los pueblos del nuevo mundo las perlas eran símbolos espirituales, a las que atribuían cualidades sagradas.

Se afirma que Cleopatra hizo cortar en dos una perla para una estatua de Venus y que el emperador romano Alejandro Severo recibió un valioso par de perlas gemelas como obsequio para su esposa y las hizo colgar de una estatua de Venus en lugar de dárselos a ella.

Una leyenda china afirma que el legendario Emperador Amarillo perdió su perla favorita durante una excursión al fin del mundo y solo pudo recuperarla dirigiéndose al abismo primigenio.

Para el cristianismo las perlas eran un símbolo de riqueza pero también de perfección y pureza, hasta el punto que la palabra utilizada para ellas en sanscrito era makta (“lo puro”).

Más allá de los mitos, la condición biogénica de las perlas y la asociación clásica de los bivalvos que la producen (especialmente las ostras y mejillones) con los órganos genitales femeninos hizo que fueran asociadas a la regeneración y el renacimiento, atribuyéndoseles propiedades medicinales.

Desde la edad media hasta el siglo XVII los médicos europeos utilizaron perlas para tratar enfermedades como la melancolía, epilepsia y locura. Llegaron a producirse polémicas académicas sobre si debía utilizarse molidas o disueltas. Se desarrollaron recetas de pociones de perlas como el aqua perlata de Anselmus Boodt, médico del emperador Rodolfo II de Habsburgo.

También en la India se utilizaron para curar las hemorragias, ictericia, envenenamientos y enfermedades de los ojos y pulmones.

Con la llegada del renacimiento las cortes reales se llenaron de perlas y las leyendas pasaron a segundo plano hasta que en 1791 el malacólogo Johann H. Chemnits descubrió el origen real de las perlas, momento en que los mitos comenzaron a desaparecer definitivamente.

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Archivado bajo Aplicación, Biología, Ciencias Sociales, Ecología, Mitología

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