El Legendario Estrecho de Anián

El caso es que el citado Estrecho de Anián, llamado por los portugueses “de los Bacalhaos” y “Paso del Noroeste” por los ingleses, era solo una leyenda pero hizo que las grandes potencias coloniales europeas en el Nuevo Mundo se enfrentaran en una carrera por hacerse con su estratégico control. Constituye uno de los mayores casos de “mitogeografía” de todos los tiempos.

No está claro cuando podemos situar el comienzo de esta extraña historia. Se ha rastreado a la herencia de los geógrafos clásicos que veían la zona habitable del mundo (ecúmene) como una forma insular rodeada de masas de agua, cuyos extremos (Europa y Asia) estaban comunicados por un paso de agua.

Durante siglos, la mayor fuente de información sobre oriente de que dispusieron los europeos fueron los viajes de Marco Polo, que hablaban de un reino extremadamente rico en seda llamado Cambaluc que terminaba en un lugar llamado Amien o Aniu, que se supuso que estaba cerca de Occidente por el otro lado y dio lugar la idea del Reino de Anián.

En 1562, el geógrafo italiano Giacomo Gastaldi introdujo la región en su Orbis Terrarum.

Una de las primeras expediciones basadas en estas ideas fue ordenada por Carlos V: una carabela partió de A Coruña comandada por el gallego Juan Gómez con órdenes de buscar el estrecho cerca de Terranova y buscar un paso hacia Catay. Gómez comenzó a remontar la costa cerca de Florida y solo llegó al río Hudson.

Años antes, Enrique VIII había enviado al italiano Jon Cabot (Giovanni Catobo) con órdenes de explorar la zona norte para Inglaterra. Tuvo un éxito indiscutible: descubriendo Terranova, llegando a Groenlandia, el Labrador y la Isla de Baffin y descubrió las bocas del río San Lorenzo, que llevaba hasta los grandes lagos.

También Hernán Cortés envió expediciones desde la costa pacífica del moderno México, algunas de las cuales nunca regresaron.

En una declaración jurídica del piloto español Juan Fernández Ladrillero fechada en 1574 se afirma que entre los marineros ingleses “es normal suponer la existencia de una paso por el noroeste situado a 800 leguas de Compostela”.

Sin embargo, el paradigma llegaría unos años más tarde por obra y gracia de un singular personaje: un marinero, aventurero y embaucador griego que nació en la isla de Lesbos con el nombre de Apóstolos Valerianos.

El caso es que Valerianos entró en Sicilia al servicio de la Corona Española que en aquellos tiempos detentaba el control de la isla y el sur de Italia. En este contexto adoptó el nombre de Juan de Fuca, parece que por sus vínculos con los ricos hombres de negocios de la familia flamenca Fugger, cuyo nombre se castellanizó como Fúcares.

A las órdenes de la marina de Carlos V, Juan de Fuca vivió numerosas aventuras en aguas italianas antes de ser enviado como navegante y explorador al Nuevo Mundo. De allá volvió afirmando haber navegado el Estrecho de Anián, aportando con varios mapas que depositó en el Archivo de Sevilla (donde aún permanecen) como prueba.

La afirmación de Fuca era que había descubierto un paso en el Noroeste de Norteamérica que conectaba los océanos Atlántico y Pacífico, reduciendo el viaje desde Europa a Asia a 90 días. Esta afirmación se ha fechado en 1592.

Para los españoles esta fue una noticia trascendental, ya que este nuevo estrecho permitiría evitar el difícil Estrecho de Magallanes y acortar considerablemente el viaje entre Europa y Asia prescindiendo de las rutas portuguesas.

Además, facilitaría el acceso directo al Océano Pacífico que desde Madrid se consideraba en aquellos tiempos un lago español. Esta consideración que a día de hoy no parecería tan osada, no lo era tanto en una época en la que mayor parte de las costas pacíficas de América estaban bajo control español y las otras potencias coloniales (franceses, ingleses y portugueses) estaban relegados al lado atlántico. Por supuesto, la hegemonía española era muy frágil y las expediciones del capitán Cook, la colonización rusa de Alaska o la expansión de EEUU la pondrían rápidamente en entredicho.

Pero entonces los españoles eran los dueños y no querían que otras potencias se metieran en la zona, de modo que pagaron generosamente a Juan de Fuca y pusieron los mapas a buen recaudo.

Sin embargo, los ingleses ya tenían un servicio de inteligencia activo y tuvieron conocimiento de las afirmaciones de Fuca. Temerosos de que los españoles fortificaran el Estrecho de Anián como estaban intentando hacer con el de Magallanes, decidieron que tenían que ganarse a Fuca al precio que fuera.

Por rizar el rizo, los franceses tenían su propio servicio de inteligencia y espiaron lo espiado por los ingleses, llegando a las mismas conclusiones que ellos.

En 1602 Fuca fue interceptado en Venecia por un agente inglés llamado Michael Lok, cónsul de su nación en Siria, al que volvió a vender un mapa de sus supuestos descubrimientos por un buen precio.

Después de esto, Apóstolos Valerianos desapareció para volver al terruño con la saca bien llena y vivió un retiro apacible. Cuando los ingleses fueron a reclamarle la promesa incumplida de ayudarles en una expedición al Paso del Noroeste, reposaba tranquilamente en su actual lugar en el cementerio de Sammi en la isla de Zakintos.

A partir de los supuestos descubrimientos de Fuca, españoles e ingleses se lanzaron a una competición por hacerse con el control del Paso del Noroeste.

Esto también puede parecernos un tanto extraño viendo los mapas modernos y algunos Orbis Terrarum, pero debemos tener en cuenta que durante la Edad Moderna el noroeste de Norteamérica era la zona más desconocida del mundo para los europeos, llegando a ser un agujero en los mapas y ser descrita como “el trasero de América”. Su distancia de Europa, que exigía recorrer enormes distancias en tierra o en mar, y la riqueza agrícola y minera de las zonas orientales y sureñas desincentivaron las expediciones europeas hasta que la presencia rusa, las minas de California y el lucrativo negocio de las pieles de nutria marina atrajeron la atención hacia la zona.

Y Valerianos no sería el único advenedizo que buscaría sacar tajada: en 1626 el navegante Lorenzo Ferrer Maldonado afirmó haber navegados desde Acapulco al Estrecho de Anián antes incluso que Fuca y escribió un manuscrito titulado “Relación del descubrimiento del Estrecho de Anián en 1588” lleno de fantasía y precisiones osadas.

Pero la palma se la lleva el almirante Bartolomé de Fonte al que se atribuye haber partido en 1640 de la Nueva España, atravesar un paso inexplorado hasta llegar a un mar interior donde se encontró con una nave inglesa procedente de Boston. El caso es que no solo su viaje sino que el propio almirante de Fonte han resultado ser ficticios pero su historia influyó profundamente en el geógrafo francés Joseph-Nicholas L’isle, hermano de Guillaume L’isle, que realizó un mapa mezclando las referencias de Fonte y Fuca con los datos de los exploradores rusos que obtuvo en Petrogrado y su propia imaginación.

Este mapa sería utilizado como base por Robert de Vaugondy para el mapa de la zona que fue incluido en L’Encyclopedie de Diderot, lo que incrementaría influencia sobre la cartografía y exploraciones posteriores.

El Estrecho aparecía en L’Enciclopedie

En el mundo anglosajón se defendía que Fonte había encontrado la comunicación entre la Bahía de Hudson y el Océano Pacífico.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII la zona del Pacífico Norte comenzó a ser objeto de más expediciones. Concretamente, los españoles vivieron un frenesí explorador entre 1774 y 1794 conforme comprendían que su pretendida hegemonía sobre el Pacífico se tambaleaba, siendo la campaña Malaspina la más importante. Los rusos seguían explorando Alaska y entre los ingleses destacó especialmente la figura del capitán Cook.

Este último exploraría la zona a bordo de la Resolution durante su tercer viaje alrededor del Mundo en 1778 realizando una notable tarea de documentación y desmintiendo numerosos mitos sobre la región. Concluyó que el Continente Americano llegaba mucho más al oeste de lo que se suponía hasta entonces, lo cual “hace la existencia de un paso hacia las bahías de Baffin o Hudson menos probable; o al menos demuestra que sería de mayor extensión”.

Se vio obligado a retirarse a la altura de las islas Sandwich a causa de los hielos árticos planeando volver a buscar el Paso del Noroeste el siguiente verano, plan truncado por su muerte en febrero de 1779 aunque su tripulación lo intentaría de todos modos al año siguiente siendo nuevamente detenidos por los hielos.

Finalmente, en 1792 tendrían lugar dos expediciones simultáneas que a la vez compitieron y cooperaron: la expedición de las goletas españolas Sutil y Mexicana capitaneadas respectivamente por Dionisio Alcalá Galiano y Cayetano Valdés por un lado y los buques británicos Discovery y Chatham capitaneados por George Voncouver y William Broughton respectivamente.

Ambas expediciones realizaron una derrota desde el fuerte de Nootka (entonces posesión española) navegando las costas Norteamérica por zonas ignotas y consiguieron llegar hasta donde ni siquiera Cook había conseguido llegar, desmintiendo la existencia del mítico Estrecho de Anián y completando los mapas de la costa de Norteamérica.

El mito de la cartografía calló en el olvido una vez desmentido, olvidado como muchas historias que en su día espolearon el espíritu de los aventureros en la búsqueda de nuevos lugares que conocer.

Sin embargo quedó un legado en el llamado Paso del Noroeste, cuya realidad afirmó Vancouver dirigiéndolo a recorrer la costa ártica de Norte América.

 

Bibliografía:

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Archivado bajo Ciencias Sociales, Geografía y Cartografía, Mitología

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