Criaturas prehistóricas inventadas porque tenían sentido

Aunque suene raro, los científicos también se inventan cosas y, en su búsqueda del origen de la vida en la Tierra, han plasmado sus suposiciones en distintas criaturas previstas o supuestas que en numerosos casos han resultado no ser reales y que nos muestran parte de las opiniones de la época sobre ciertos momentos especiales, que no dejan de ser la base en torno a la cual fueron moldeados.

Bathybius y Eozoon

 

Las que quizá fueron las primeras de estas criaturas inventadas fueron descritas en el siglo XIX. Es el caso de Bathybius haeckelli.

Este ser había sido supuesto por Ernst Haeckell, quien afirmaba que las amebas eran demasiado sofisticadas para ser el origen de la vida y supuso que tendría que existir un ser más sencillo que ellas “un ser totalmente homogéneo, carente de estructura, una partícula de albúmina viviente capaz de alimentarse y reproducirse”. Llamó a esta presunta criatura “monera” de forma relativamente clarividente ya que durante décadas se utilizó el término como sinónimo de bacteria o de procariota aunque actualmente parece estar un poco en deshuso.

Sin embargo, durante el estudio de una muestra de fango en 1868, Thomas Huxley descubrió una estructura rudimentaria gelatinosa que contenía estructuras cálcicas a la que identificó como la monera propuesta por Haeckell y llamó en su honor  Bathybius haeckelli. Haeckell se mostró encantado y llegó a afirmar que “¡Viva la mónera!”.

Durante los siguientes años se descubrieron  Bathybius en todas partes en el mar, hasta el punto que Haeckell creyó haber descubierto el Urschleim o mucílago original de la vida propuesto por los filósofos románticos.

Poco antes, primero en 1858 y luego en 1864, sir William Logan había descubierto en Canadá una serie de estructuras concéntricas de sílice y carbonato cálcico que le parecieron fósiles. En 1864 el rector de la Universidad McHill, J. William Dawson, las identificó como el esqueleto fosilizado de un foraminífero gigante al que llamó Eozoon canadensis.

Eozoon encajó de inmediato tanto con las ideas de evolucionistas como de creacionistas. Para los primeros estaba estrechamente ligado a Bathybius, representando otro exponente de los seres primitivos informes y sin organización, y podría ser una forma más sofisticada que habría desarrollado esqueleto o bien sería al revés. Para los segundos, como afirmó el propio Dawson, la existencia de foraminíferos en el pasado y presente sería una prueba de la inmutabilidad de las especies y por ello un argumento antievolutivo.

Sin embargo, la propia ciencia que los había creado no tardó en acabar con ellos.

En la primera expedición del Challenger en 1870 comandada por sir Charles Wyville Thompson (enérgico defensor de ambas “criaturas”) la búsqueda de Bathybius fue un rotundo fracaso en muestras frescas mientras que siempre aparecía en muestras conservadas con alcohol. El químico de la expedición Jon Young Buchanan lo analizó en 1875 y descubrió que en realidad era un precipitado coloidal de sulfato de calcio debido a la reacción del fango con el alcohol. En cuanto a las estructuras calcáreas, resultaron ser cocolitos, esqueletos de algas eucariotas.

“Fósiles” de Eozoon

En 1879, Huxley escribió una carta a la revista Nature reconociendo su error o, en sus propias palabras, “comiendo puerros”. Acción que le honra aunque los creacionistas le acusaron (y siguen acusando) de cometer fraude deliberado. Haeckell se aferró a la idea unos años más pero acabó asumiendo la realidad.

En el caso de Eozoon, Dawson lo defendió hasta su muerte en 1897 pero para entonces ya se había tornado un radical al que todos daban de lado. Entre los científicos se había afincado la idea de que se trataba de una estructura inorgánica que, de hecho, era más fácil de encontrar en rocas metamórficas que sedimentarias, hasta el punto de ser encontrado en rocas arrojadas por una erupción del monte Vesubio en 1894.

Bathybius y Eozoon fueron arrojados al olvido tras su desmentimiento aunque nos ayudan a comprender la visión de la vida primitiva de la época que los ideó: en el siglo XIX se pensaba que la vida habría surgido a partir de sustancias amorfas con seres poco o nada compartimentalizados.

Pese a todo, la idea de Haeckell sobre criaturas más sencillas y menos compartimentalizadas que las amebas resultó ser correcta en las células procariotas que durante mucho tiempo fueron conocidas también como moneras y como “Reino Monera” antes de ser divididas en dos dominios.

 

El Eucarionte

 

Hay bastante poco sobre este presunto ser. Las únicas referencias que tengo proceden de un libro sobre la evolución para niños que estaba bastante completo aunque era bastante viejo. En él se explicaba el origen de la célula eucariota por la intervención de un organismo “que no tenemos prueba alguna de que hubiera existido pero al que, a cambio, hemos puesto nombre: el eucarionte”.

Esta supuesta criatura se habría unido a toda clase de bacterias para dar lugar a las diferentes células eucariotas.

La llegada de la teoría endosimibiótica de Lynn Marguliss se llevó por delante a esta presunta criatura, ya que a diferencia del supuesto “eucarionte” las cianobacterias y proteobacterias son seres completamente existentes.

 

LUCA

 

LUCA son las siglas de Last Universal Common Antecessor, Último Antepasado Común Universal, también conocido como cenancestro.

Más que una criatura definida como Bathydius o la explicación para un vacío evolutivo el LUCA es una posición dentro del árbol biológico: el último antepasado común de todos los seres vivos actuales, cosa que no debe confundirse con el primer ser vivo de la Tierra.

El concepto del LUCA bebe directamente del principio de parsimonia que sostiene que las características comunes de los seres vivos proceden de un antepasado común y de la idea del propio Darwin de que la vida tiene un origen común.

Esto tiene dos consecuencias: que, a diferencia de los anteriores, el cenancestro fue una criatura bastante probable y sólo podemos hipotetizar sobre su naturaleza.

Posición del LUCA en el árbol de la vida

Por ejemplo, dado que todos los seres vivos actuales tienen genomas de ADN, se considera que el LUCA tenía ADN, siendo por tanto posterior al mundo de ARN.

Otra consideración sobre su genética se relaciona con la idea de que en aquella época la transferencia lateral de información era un fenómeno muy importante hasta que por algún motivo la transferencia vertical se tornó más importante, se considera que el LUCA vivió en ese momento.

Las especulaciones sobre si el LUCA era termófilo o mesófilo no han dado una respuesta satisfactoria.

El microbiólogo estadounidense Carl Woese se refirió a él como progenote y, basándose en las diferencias entre los metabolismos de los tres dominios, consideró que se trataría de una entidad poco sofisticada con numerosos minicromosomas que controlaban las reacciones celulares de forma imprecisa, enfoque que cuenta con cada vez menos defensores debido a la consideración de que la genética del LUCA debió de ser más segura.

Algunas de sus características más seguras son la presencia de ATP y su naturaleza procariota.

Sobre su metabolismo hay toda clase de especulaciones: biosintético, quimiosíntesis, con o sin enzimas… no hay ningún consenso.

Donde sí parece haber consenso es sobre si disponía de un sistema de membranas de naturaleza lipídica. Pese a que algunos autores creen que podría tratarse de una entidad acelular, la naturaleza universal de las membranas lipídicas nos da entender que probablemente el cenancestro contaba también con ellas.

En resumen, el LUCA o cenancestro debió de ser una criatura relativamente similar a una bacteria o arquea (el antepasado común de ambas) aunque probablemente con menos genes y un metabolismo diferente.

En cualquier caso parece que el LUCA sí fue una criatura real o, más exactamente, existió una criatura que fue el LUCA de todo ser vivo.

 

Bibliografía:

  • Aguilera Mochón, Juan Antonio. El Origen de la Vida. 2017. RBA Coleccionables S.A.U.
  • Gould, Stephen Jay. El Pulgar del Panda. 2006. Crítica S.L.
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