La Guerra de los Huesos, los auténticos cazadores de dinosaurios

Hay una leyenda muy conocida entre los amantes de los dinosaurios que supone una de los más truculentos y fructíferos capítulos de la historia de la ciencia. Estoy hablando de la rivalidad entre los paleontólogos Edward Drinker Cope y Othniel Charles Marsh.

Este evento conocido como “la guerra de los huesos” tuvo lugar durante la segunda mitad del siglo XIX y tuvo una considerable influencia tanto en el conocimiento de los dinosaurios como en su percepción social. Pero no se limitó a los dinosaurios, su interés paleontológico y sus ideas tuvieron afectaron a numerosos grupos de craneados fósiles.

Hubo un antes y un después de aquella rivalidad.

Los protagonistas

Othniel Charles Marsh nació en 1831. Hijo de un granjero, tímido y poco sociable, pasó su juventud sin mayores ambiciones y a los 21 años de edad se planteaba un futuro discreto en un puesto de trabajo mecanizado, pero a esa edad consiguió el apoyo de su tío George Peabody, poderoso magnate que había prosperado en el Banco de Londres y buscaba en la filantropía una compensación por su limitada educación.

Marsh dedujo que su tío no daría dinero a un sobrino poco ambicioso, de modo que ingresó en la academia Philips de Andover donde comenzó a hacer gala de sus grandes virtudes: era un hombre competente, metódico, perseverante e impasible y, por cierto, afortunado. Así comenzó a cosechar méritos y distinciones que envió a su tío. Este reaccionó enviando a Marsh (con 25 años) a la universidad de Yale, donde tuvo bastante éxito y convenció a Peabody para realizar una donación de 150.000 dólares de la época a la Universidad para la fundación de un museo con su nombre. El claustro recompensó a Marsh con una cátedra que lo convirtió en el primer profesor de paleontología de la historia de Estados Unidos.

Con sus necesidades monetarias satisfechas, Marsh comenzó una intensa actividad paleontológica que le reportó un gran prestigio profesional y llenó las salas del Museo Peabody de Yale, además de conseguirle una designación como paleontólogo especializado en vertebrados fósiles por la Geological ­Survey.

Marsh disfrutaba mucho de ese prestigio, era un gran admirador de Darwin (buscó activamente eslabones perdidos) y sus publicaciones siempre estaban bien planteadas y ejecutadas. Tenía una mansión de 18 salas en New Heaven que supo disfrutar pero nunca se casó, cosa que se ha asociado a la naturaleza controladora de su tío.

Cope (derecha) y Marsh (izquierda)

Edward Drinker Cope nació en 1840 en una próspera familia cuáquera y a la edad de 18 años desafió a los académicos de Filadelfia con un artículo sobre la clasificación de las salamandras. En los siguientes tres años publicó nada menos de 30 artículos sobre la clasificación de serpientes, lagartos y anfibios. Al final de esta época Cope comenzó su educación formal asistiendo a un curso de Josep Leidy en Pennsylvania donde su genialidad no pasó desapercibida para los miembros de la Academia de Ciencias Naturales, que lo nombraron miembro en 1861 y cuatro años más tarde lo eligieron director, sumaba 25 años.

Pero esto no estaba destinado a prosperar: Cope no estaba hecho para el mundo académico, era un hombre brillante y enérgico, pero demasiado apasionado, arrogante, impulsivo e individualista. Además, las charlas Leidy sobre el Hadrosaurus dispararon su imaginación, así que en 1866 adquirió una propiedad en Haddonfield donde su búsqueda de fósiles tuvo tanto éxito que dos años después renunció a su puesto en la facultad y vendió la granja que su padre le había regalado para “retirarse” a Haddonfiel.

Cope era ambicioso, volátil, brillante y prolífico. A lo largo de su vida publicó aproximadamente 1.400 artículos y clasificó cerca de 1.200 géneros fósiles. Cambiaba de tema con mucha facilidad. Tenía unas ideas muy claras y se aferraba a ellas con ferocidad. David Rains Wallace se refiere a él como the old troublemaker, que podríamos traducir como el viejo alborotador o el viejo buscalíos.

También era un crítico de Darwin. Religioso en sus orígenes, simpatizó con el creacionismo y las ideas de Owen y Cuvier pero pronto dejó a un lado el literalismo bíblico para abrazar los postulados evolucionistas, si bien rechazando el postulado de Darwin que asociaba la evolución con el azar.

El incidente

Cope y Marsh se conocieron en 1864 en Berlín. Ambos se habían refugiado en Europa durante la Guerra de Secesión (Marsh por decisión propia y Cope por presión de su madre). En general se afirma que la relación entre ambos fue buena y que se hicieron amigos, pero el propio Marsh llegó a definir ya entonces el talante explosivo de Cope como difícil de tratar y hay quien considera que sería más acertado definirlos como “colegas amistosos”.

Esta relación cambiaría en 1868 cuando Cope estaba realizando trabajo de campo en Nueva Jersey, donde descubrió los restos de un interesante animal al que llamó Elasmosaurus («reptil de cinta») y consiguió reconstruir por completo. Sus descripciones lo hacían parecer el animal más extraño jamás descubierto, digno de una clasificación completamente nueva entre los reptiles, los estreptosaurios o reptiles retorcidos y cuyo boceto apareció en la revista «Transactions» de la Sociedad Filosófica Americana.

La reconstrucción de Elasmosaurus por parte de Cope

Entonces invitó a Marsh a contemplar su obra y este, metódico como siempre, comprobó que su volátil colega había cometido un error en la reconstrucción: detectó que las extremidades parecían estar torcidas hacia atrás y se lo intentó comunicar diplomáticamente. Cope reaccionó haciendo saber a su colega que no había pasado años estudiando aquel animal para confundir la cabeza con la cola pero su antiguo maestro Josep Leidy cogió la última vértebra de la cola y la encajó tranquilamente en el cráneo.

Cope consideró esto como una humillación inasumible que nunca le perdonó a Marsh, quien afirma que a partir de aquel episodio se convirtió en su implacable enemigo. Sin embargo, cuando la primera reacción de Cope fue intentar adquirir con su propio dinero todos los ejemplares Transactions que mostraban su reconstrucción errada para evitar que su escarnio se propagara, Marsh se reservó dos ejemplares para sí y se negó a entregárselos a Cope, llegando a describir la reconstrucción de “milagrosa creación”.

Así comenzó una rivalidad que trastornaría para siempre la paleontología en las américas y que pondría a los dinosaurios en el punto de mira. Sin embargo, hay quien opina que en un terreno de trabajo entonces tan acotado y con dos personalidades tan potentes y diferentes el enfrentamiento era inevitable.

La “Guerra delos huesos”

Fue una rivalidad enconada cuyo desarrollo nos aleja del tópico del científico sobrio y objetivo para mostrar a dos hombres irreconciliables que fue fructífera para la ciencia pero que también tuvo un hondo calado en la visión pública, especialmente en EEUU.

Poco después, en 1870, Marsh dirigió una expedición de Yale College a las Montañas Rocosas junto a Col. W. F. Cody (más conocido como Búfalo Bill) en la que estableció su campamento cerca de la bifurcación del río Smoke, cerca de Kansas. La expedición fue fructífera en restos de pterosaurios.

Sin embargo, Kansas era considerado territorio de Cope. El cual no solía visitarla sino que recibía los fósiles de Kansas en Filadelfia.

En 1876 Cope realizó una expedición a Montana para estudiar los fósiles en el lecho del río Judith. Ese mismo año una coalición nativa exterminó a las fuerzas del famoso aunque negligente general Custer en Little Big Horn y residentes en la zona advirtieron a Cope que no se acercara al río debido a que estaba en territorio de los siux. Pese a ello, Cope insistió en que estaba a salvo y lo cierto es que todos sus encuentros con los indios fueron amistosos. Un miembro de su equipo describió cómo Cope solía divertir a los nativos quitándose sus dientes postizos.

Marsh y Nube Roja, una historia digna de ser contada.

Marsh también tuvo buenas relaciones con los indios. En concreto con los siux cuyo jefe, el famoso Nube Roja, había llegado a un acuerdo con el gobierne de Washington que no fue cumplido. Marsh entró en su territorio y ambos parlamentaron hasta llegar a un acuerdo: Marsh defendería los intereses de los siux ante su gobierno y la opinión pública americana a cambio de que Nube Roja le asegurara acceso a los yacimientos.

Ambos cumplieron con su palabra y los siux dieron acceso a los hombres de Marsh a su territorio, les ayudaron en las prospecciones y en la defensa de las tribus amerindias que no suscribían el trato. Marsh, por su parte, cumplió su palabra y denunció públicamente el trato que habían recibido los pueblos amerindios y, no sin esfuerzo, logró inclinar la balanza de la opinión pública americana.

Nube Roja siempre consideró a Marsh un amigo y llegó a definirle como el mejor hombre blanco que había conocido.

1877 fue un año especialmente intenso en esta batalla, cuando dos maestros de escuela exploraban Colorado encontraron restos fósiles que enviaron uno a Cope y otro a Marsh. Ambos se lanzaron a la aventura dirigiendo o financiando expediciones.

A finales de ese año Marsh recibió una carta de “Harlow y Edwards” con mención a unos huesos gigantescos en un lugar secreto de Wyoming. Los misteriosos remitentes resultaron ser dos obreros del ferrocarril que habían descubierto yacimientos de más de once kilómetros ricos en fósiles del Jurásico en Como Bluff, Wyoming, a lo largo de la vía férrea del trazado de la Union Pacific­. Con sus ingentes recursos, Marsh llegó a un acuerdo con los trabajadores y estos comenzaron a enviarle toneladas de fósiles de lo que Robert T. Baker calificó como “un panteón de dinosaurios del Jurásico”.

Más extraña es la historia de los enormes huesos del saurópodo Cetiosaurus que también en 1877 descubrió el profesor de escuela Arthur Lake en Wyoming. Entusiasmado, Lake le envió un mensaje a Marsh esperando una respuesta que no llegó. Con paciencia y determinación, Lake envió otras dos misivas a Marsh obteniendo la callada por respuesta. Una cuarta carta no alteró la situación, extrañamente, a Marsh parecían no interesarle las noticias de Lake, el cual incluso había llegado a embalar los huesos para su envío a New Heaven.

Defraudado por el silencio de Marsh, Lake decidió ponerse en contacto con la persona a la que este más temía: escribió una misiva y envió algunos fósiles a Cope. Marsh tuvo conocimiento de esta misiva y reaccionó con presteza enviando un mensaje a Lakes y a uno de sus recolectores, Benjamin Mudge, para explorar el terreno. Mudge comprendió enseguida que la formación de Morrison era muy rica y llegó rápidamente a un acuerdo con Lake. En la información a Marsh, Mudge dejaba claro que habían dejado a Cope fuera.

Este había estado preparado una publicación a marchas forzadas sobre los restos que Lake le había enviado y, por rizar el rizo, este le exigió que se los enviara a Marsh. No es difícil imaginar cómo le sentó.

Hacia 1880 el interés de Marsh comenzó a dirigirse hacia las rocosas y la zona occidental de Norteamérica pero en 1892 ambos científicos regresaron a Montana.

En estas expediciones se encuentra una de las claves de la importancia cultural de esta “guerra de los huesos” o “carrera de los dinosaurios”: dos científicos que partieron en busca de un tesoro (los restos de bestias colosales) en la gran epopeya nacional americana: la conquista del Salvaje Oeste. Realizaron sus investigaciones incluso junto a los indios hostiles, cruzando sus caminos con figuras como la de Búfalo Bill Cody o con la construcción del ferrocarril que tiene un lugar tan importante en la épica norteamericana. A esto habría que añadir la condición de Cope de científico independiente que tenía que financiarse por sí mismo.

Todo esto contribuye a dar lugar a un halo de aventura romántica en esta encarnizada batalla científica, ellos habían sido auténticos cazadores de dinosaurios, una leyenda real.

Cazadores de dinosaurios en el Salvaje Oeste

A esta condición se une el modo en que dominaron la ciencia paleontológica no solo a nivel nacional sino también internacional. Las críticas de Marsh a paleontólogos europeos en el último cuatro del siglo XIX fueron muy apreciadas por la opinión pública de un país que acababa de celebrar su centenario, cuyo tercer presidente Thomas Jefferson expuso huesos de mastodonte en la Casa Blanca y donde el periódico New York Tribune imprimía las lecciones de la cátedra Louis Agassiz.

Este contexto nos acerca a las declaraciones del paleobiólogo George Gaylor Simpson afirmando que la paleontología era la mayor aportación de Estados Unidos a la historia de la cultura y fue la rivalidad entre Cope y Marsh la que le dio un empujón más potente en suelo americano tanto desde el punto de vista científico como épico para convertir a los fósiles en general y los dinosaurios en particular en un orgullo nacional americano que después llegaría a todo el mundo.

La cultura moderna y su fascinación por los dinosaurios deben mucho a estos dos hombres.

En un plano puramente científico, la lista de dinosaurios que fueron descubiertos y descritos por este truculento par es larga: Stegosaurus, Diplodocus, Ticeratops, Camarasaurus… la lista llega hasta los 136 géneros.

Sería Marsh el que acuñaría el término Saurópodo (“pie de lagarto”) para referirse a los dinosaurios gigantes de gran cuello. Sería también el primer en encontrar un cráneo de estos animales (asombrándose por su pequeño tamaño) y montar un esqueleto completo.

Sin embargo este esqueleto sería el Brontosaurus, famoso por ser el dinosaurio de los Picapiedra, que resultó ser una mezcla de huesos de Apatosaurus y Camarasaurus.

Ambos estarían de acuerdo con la idea de los saurópodos acuáticos que tenía bastante aceptación en aquellos tiempos. Marsh llegó a sugerir que los poros en el cráneo de algunos de estos dinosaurios habían servido como snorkel debajo del agua.

Cope propuso que estos dinosaurios habrían utilizado sus largos cuellos de forma análoga a las jirafas pero tuvo que abandonarlo por falta de pruebas. Este modelo fue rehabilitado en el siglo XX por Bakker y hoy en día es universalmente aceptado.

Marsh también marcó la imagen de los saurópodos caminando como elefantes mientras que Cope llegó a sugerir que su Amphicoelias podría moverse sobre dos patas aunque el descubrimiento de las patas anteriores, macizas, le hizo cambiar de opinión.

En el extremo contrario de la escala, Marsh dirigió también su atención al Compsognathus, un dinosaurio carnívoro no mayor que un ave de corral al cual consideraba (acertadamente) relacionado con las aves.

En 1866 Cope exhibió el primer dinosaurio carnívoro con unos restos lo bastante completos para una reconstrucción completa. Las fauces tenían grandes dientes que aseveraban su naturaleza depredadora y las propiedades de sus extremidades dejaron a Cope la única analogía contemporánea del canguro. Llamó a este animal Laelaps aquilunguis en honor al perro Laelapo que acompañaba a Artemisa en la motología griega y lo representó como un temible depredador que perseguía a sus presas dando saltos.

En las maquetas planeadas para el Museo Paleozoico de Central Park estos cazadores se enfrentarían al Hadrosaurus de Leidy.

Los dinosaurios de tres cuernos como Triceratops y los gigantes depredadores como Allosaurus fueron también objeto de atención para los enconados rivales.

Más allá de los dinosaurios

Pero no solamente la ciencia de los dinosaurios recibió el empujón de Cope y Marsh. Se trataba de dos paleontólogos inquietos y en aquellos tiempos los dinosaurios no lo eran todo, sino que cualquier grupo animal fósil era interesante.

En su expedición junto a Búfalo Bill, Marsh descubrió huesos de pterosaurio que incluían un metacarpiano de 17 centímetros. Solo pudo compararlos con los restos de pterosaurios encontrados en Gran Bretaña y llegó a la conclusión de que estos restos correspondían a un reptil volador de 7 metros de envergadura. Una suposición que se vio confirmada por las expediciones del año siguiente.

En su busca denodada pero metódica de eslabones perdidos Marsh descubrió en 1871 los restos de un ave no voladora cretácica a la que llamó Hesperornis. Tendría que esperar a 1872 para encontrar un cráneo pero los dientes que presentaba le confirmaron la dieta carnívora (presumiblemente piscívora) de este animal y la filiación de las aves con los reptiles.

Hesperornis de Marsh

Las publicaciones sobre Hesperornis e Ichthyornis dieron a Marsh un gran prestigio internacional entre los defensores de la evolución darwiniana que llegó hasta el gran público en las editoriales de diarios como el Tribune o el New York Tribune y le llevaría a lo que David Wallace tilda de “culminación de su fama” cuando en 1876 compartió cartel con Thomas Huxley (el “Bulldog de Darwin”) en unas charlas prodarwinianas en las que Huxley afirmó que el descubrimiento de estas “aves reptilianas” suponía el eslabón entre las separadas clases de aves y reptiles vivientes que a partir de entonces “deberían de ser redefinidas”. En estas charlas también se defendieron posibles vínculos de los cetáceos con los carnívoros terrestres.

Marsh también descubrió en 1970 los restos de Desmostylus, al que consideró como un fósil transicional entre los sirenios y sus antepasados terrestres aunque los descubrimientos posteriores revelaron que había descubierto un singular grupo de animales que no encajaban precisamente en la definición de “eslabón perdido”.

Por su parte, Cope fue el responsable del descubrimiento del Mesonyx y del grupo de los mesoniquios, de los que ya hemos hablado por estos lares y a los que consideraba depredadores terrestres de tortugas.

Siempre firme en sus creencias, Cope fue el portavoz e ideólogo de una teoría alternativa sobre el origen de las serpientes. Ya hemos visto que las serpientes están estrechamente relacionadas con los lagartos, con los que forman la clase Squamata, los escamosos. La teoría dominante afirma que las serpientes descienden de lagartos subterráneos que perdieron sus patas cuando estas se convirtieron en un estorbo para moverse bajo tierra y luego volvieron a la superficie ya sin patas salvo pequeños muñones que podemos ver hoy en día en pitones y boas.

Mesonyx de Cope

Cope proponía una teoría alternativa: teniendo en cuenta el consenso que ya existía por aquel entonces de que los parientes más cercanos de las serpientes son los varánidos y que los mosasaurios mesozoicos estaban estrechamente relacionados con ellos, era muy probable que las patas se hubieran perdido al ser inútiles para nadar. En opinión de Cope, los mosasaurios eran más bien serpientes marinas gigantes con aletas para nadar.

Una de las bases para esta idea fue la visión de la visión en su infancia del monstruoso y fraudulento esqueleto del Hydrarcus (“regidor de los mares”), que le inspiró incluso tras saber que era una estafa. Buscó numerosos huesos y acabó basando muchas de sus expectativas en el mosasaurio Tylosaurus como modelo de antepasado acuático de las serpientes. El Tylosaurus se parecía a las serpientes y es indiscutible que estaba emparentado con ellas, pero los postulados de Cope no convencieron a la mayoría y sufrieron duras críticas por parte de Marsh, que había descubierto una gran serpiente a la que llamó Dinophis (“serpiente terrible”).

Cope siguió buscando pruebas para su teoría hasta el fin de sus días y, paradójicamente, tras su muerte fueron descubiertos numerosos restos de serpientes prehistóricas acuáticas. Incluso en 2000 una publicación de Lee y Calwell propuso que los antepasados de las serpientes podrían haber pasado por una fase acuática antes de vivir bajo tierra. A pesar de todo, la teoría de Cope sigue siendo minoritaria entre los estudiosos del origen de las serpientes.

El lado oscuro

Pero la rivalidad entre Cope y Marsh no implicó solamente esta productividad científica sino que tuvo una cara más oscura debida al mutuo boicoteo.

En 1877 Marsh descubrió que el nombre de la “criatura especial” de Cope, Laelaps, había sido utilizado al menos en dos ocasiones, por lo que el nombre no era válido según las reglas de la nomenclatura binomial (regla de prioridad), y propuso el nombre alternativo de Dryptosaurus.

Cope no le prestó ninguna atención pública y siguió utilizando el nombre de Laelaps hasta el fin de sus días pero a los pocos días determinó que el nombre que Marsh había dado a un gran saurópodo, Titanosaurus, ya había sido utilizado y lo señaló en público. Marsh reaccionó cambiando el nombre por Atlantosaurus.

Los defensores de Cope negaron que Marsh hubiera sido en descubrir los restos del Hesperornis, logro que atribuían al buscador Benjamin Mudge. Los defensores de Marsh respondían reprochando a Cope no ir a Kansas y recibir los restos en Filadelfia.

Las anécdotas de robo y destrucción de restos entre ambos restos son también abundantes, aunque parece que no fueron tan serios como se ha supuesto. Y ambos fueron durísimos críticos del trabajo del otro.

Reconstrucción de Laelaps por parte de Cope, víctima de estas disputas

En una ocasión, Marsh nombró a un mamífero fósil como Anisconchus cophater, que significa «aborrecedor de Cope de dientes mellados». Nadie captó la broma y el nombre sigue siendo válido.

A menudo, tras conseguir lo que quería en un lugar, Cope ordenaba a sus trabajadores que dinamitaran los yacimientos restantes. Cuando descubrió que Marsh no destruía los yacimientos al abandonarlos, Cope se trasladó también a estos.

Pero el momento más duro de esta tendencia llegaría en 1890 cuando Cope, amargado y arruinado, publicó junto al periodista William Hossea Barou un amplio artículo en el Herald en el que acusaba a Marsh de haber plagiado la mayor parte de su trabajo, especialmente su trabajo en aves dentadas, que atribuían a uno de sus asistentes, Samuel Williston, que se había convertido en un aliado de Cope. Entre sus acusaciones estaba que las publicaciones de Marsh tenían el lenguaje de su asistente.

Marsh y la U.S. Gelogical Survey, por supuesto, negaron las acusaciones con vehemencia y acusaron a Cope de haber robado fósiles de colecciones ajenas incluyendo el museo de Yale. Cope siguió insistiendo en que los casos de plagio por parte de Marsh eran numerosos pero a día de hoy las acusaciones no tienen ningún sustento.

El Herald descartó el asunto decepcionado por el escaso escándalo público provocado pero la Geological Survey y su director John Wesley Powell tenían poderosos enemigos en el Congreso que utilizaron las acusaciones de Cope y Barou para realizar una campaña en su contra citando las monografías de Marsh sobre aves dentadas como una prueba de despilfarro público. La consecuencia fue un recorte del apoyo financiero a la Geological Survey que tuvo la financiación de Marsh entre sus víctimas.

Ello puso fin a sus expediciones pero no lo libró de las injurias de Barou, que siguió atacándole incluso tras la muerte de Cope, a quien atribuía la mayor parte de sus descubrimientos mesozóicos.

¿Quién ganó esta competición?

Probablemente fue la ciencia paleontológica, que obtuvo de ella unos 1718 géneros nuevos, una enorme cantidad de especímenes, variedades y datos, a mayores de sus postulados. Varios museos como el Peabody de Yale y el Smithsonian se llenaron con sus descubrimientos.

En el terreno de los dinosaurios, se le atribuye la victoria a Marsh con 80 tipos de dinosaurios descritos frente a unos 56 para Cope. Sin embargo, fuera de los dinosaurios es posible que Cope tuviera más descubrimientos y desde luego publicó más artículos pero de peor calidad.

Para los dos combatientes, la batalla tuvo serias secuelas.

Edward Drinker Cope murió en 1897 a la edad de 57 años de un fallo renal. Estaba completamente arruinado, su esposa le había abandonado con sus hijos y había tenido que vender su casa. Vivía solo en una casa de arenisca con sus fósiles.

Othniel Charles Marsh le sobrevivió dos años, muriendo en 1899 con 68 años a causa de un ataque. También estaba arruinado y solo, aunque de una forma menos dramática que su rival.

Pero ni en la muerte Cope dejó atrás su odio a su rival: donó su cuerpo a la ciencia e hizo que se midiera el volumen de su cráneo. En aquellos tiempos se creía que el volumen del cerebro indicaba el nivel de inteligencia y Cope estaba seguro de que su caja craneal era mayor que la de Marsh.

Este no aceptó el desafío ni dejó instrucciones sobre sus restos, por lo que su cráneo no fue medido. El cráneo de Cope todavía se conserva en Filadelfia.

Bibliografía

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